viernes, 11 de febrero de 2011
Viernes de reflexión
En este momento de mi vida tengo la suerte de contar con algunas mañanas libres que suelo dedicar a estudiar y a quedar con personas a las que quiero. Hoy, tras estudiar durante un par de horas, he quedado con una amiga. Esta amiga es una de esas personas cuya bondad es increíblemente pura, de las personas desinteresadas y buenas que están siempre en peligro de extinción, y de las que, paradójicamente, han pasado por situaciones horribles durante su vida, y han vivido cosas que no se las desearía ni a mi peor enemigo. Hoy, para no variar, me ha hecho un regalo. Aunque ha sido a traición y a escondidas, me ha hecho llorar. ¿Por qué? Para poder contestar a esto debo analizar mi vida. Aun no llego a la treintena, y puedo decir que me dedico a la profesión que estudié, que me encanta, en la que me siento realizada, y trato con personas que hacen que día a día quiera ser mejor. Por supuesto con sus cosas no tan buenas como en todos lados. Estoy casada con la mejor persona del universo, el novio más encantador, el bromista más incansable, y el que mejor me conoce del mundo. Mi familia tiene salud, trabajo, y hacen sus respectivas vidas, y me apoyan y ayudan cuando lo necesito. Y tengo amigas como la que he descrito que son de las que ya no hay, de las que dan todo por tí y te organizan 2 despedidas de soltera, te ayudan en todo, te apoyan siempre, y mueven cielo y tierra para verte y para hacerte reír. Ahora mismo me resulta difícil asimilar todo esto, porque simplemente me abruma. Me siento afortunada, muy afortunada. Creo que tengo muchísimas cosas que llenan mi vida y me hacen sonreír. Por eso no he podido evitar llorar. Podría rellenar líneas y hojas describiendo cada una de esas cosas y a cada una de esas personas. Pero en vez de eso, voy a dejar que ellas se sientan identificadas con estas palabras y reciban el infinito agradecimiento que sale de mi corazón hacia ellas, porque son la fuente de mi alegría, lo que hace que tenga fe en la humanidad, y las que hacen que quiera ser igual para con ellas. Gracias, millones de gracias, me hacéis feliz cada día, en cada momento, y pensar en vosotros llena mis momentos de incertidumbre y de desconfianza. Ojala sea yo para vosotros sólo la mitad de lo que sois para mí. GRACIAS.
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