Ayer, 28 de Enero de 2011, murió la abuela de la persona con la que comparto mi vida.
Era mayor, había vivido una vida plena, con hijas que a su vez hicieron su vida y tuvieron hijos que a su vez están haciendo la suya. Su muerte fue rápida e indolora, e incluso pudo disfrutar de los primeros años de vida de algunos bisnietos. Pero no pude evitar ponerme triste.
Cuando recibí la noticia estaba con una amiga a la que le quedan menos de 2 semanas para ser madre por primera vez, y tras recibir la llamada tuve una visión clara del círculo que es la vida.
El dolor en el tanatorio era compartido por todos los que vinieron a acompañar a la familia, y la entereza de las hijas que sufrían la pérdida me llenaba de admiración.
Hoy se realizaba un Culto en el tanatorio para recordarla, y después la acompañábamos en su último viaje hasta el crematorio de la Almudena. El Culto era cálido y a la vez vacío, lleno de significado y también superficial. No hacía justicia a la difunta, pero reconfortaba a amigos y familiares.
Toda la lógica, todo el consuelo espiritual, y toda la entereza abandonaban a los asistentes ya en el crematorio, y las lágrimas al dar el último adiós a una madre, una hermana, una tía, una abuela, ocupaban los ojos de muchos, y nuestro corazón daba un vuelco cuando las cortinas se cerraban delante del féretro.
En mi caso, las lágrimas no eran sólo de pena por la pérdida, sino también de homenaje y agradecimiento, porque si no hubiera sido por ella, entre otras personas, yo no podría tener a la persona a la que más adoro, y con la que comparto mi vida.
Por eso mi último pensamiento hacia ella fue "Gracias", mientras se cerraban las puertas de la sala, y ella se quedaba tras los cristales de colores.
Alba.
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